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RECUERDOS DE PANADERÍA

Despertando deprisa en verano

a los cantos de un pajarito infame,

enrollando la persiana hacia la calle

se veía en extensión el campo llano,

de girasoles lleno, saludando,  

su cabeza girada hacia el sol de mayo.

 

Los trigales no eran tan alegres, sin embargo,

compartiendo la apatía de la mañana

con las niñas mirando desde la ventana,

frotándose de sus ojitos, las legañas.

 

Nos levantamos tras las absurdas ensoñaciones

al oler en la cocina los dulces fogones

que abuelita desde temprano había acicalado

de pastas, mantecadas y bollitos nevados.  

¡Qué gran despliegue de felicidad infantil

la visión de aquellos pastelitos sin fin

rodando por la estancia!

 

Abuelita, danzando entre masa y masa,

con el delantal volando cual delicada gasa,

contenta de vernos, nos saludaba el nuevo día

pero al probar calientes los bollitos, nos regañaba.

UNA TARDE EN LA COLINA

Arranca la hierba

con la mano.

Hilera fresca de dulce fragancia

bajo las puertas de un cielo

abierto e inaccesible,

como buen horizonte

inamovible

al que dirigir los pensamientos.

 

Pulsantes, dolientes, inexpertos,

se dan la mano al andar.

Y encadenados caminando

desde la mente hacia el espacio

van brotando,

sin trabajo,

como un tallo que despacio,

al calor de un día soleado;

desemboca en una flor.

 

PUEBLOS

​​

Puertas de hierro

de los pueblos

en las casas viejas.

Verjas oxidadas de metal

delimitando la propiedad;

pero que

en su acongojada

y sarcástica existencia,

muestran,

que al otro lado

de ese muro abandonado;

lo que tanto preservan

no es nada más

que soledad.

 

AMOR EFÍMERO

El viento chocó con el cristal

y en la nevada de un otoño

de impropio frío invernal,                                            

la ventana devolvió sus ojos.

 

Y una sombra en el momento,

con un temblor, al otro lado,                                                        

desde la hondura del reflejo

despertó su cuerpo embelesado.

 

Una sonrisa taimada,

un vaho repentino

y como magia,

 

bajo el índice afilado,

el cuerpo vítreo                                                             

tras la ventana,

 

garabateó

un corazón

entre el vacío

 

que dejó la bruma

del halo sostenido

 

en ese cristal frío

que de calor lloraba.

 

LO QUE ME CONTABAN LAS AMAPOLAS

Me acuerdo mucho de las amapolas de mi infancia. Siempre tiñendo de nostalgia y melancolía el paisaje infinito y sereno y llano de mi pueblo del páramo. Rescatando sus campos, en su falta de ribera, de pálidos cardos y malas hierbas, con dulces pinceladas de intenso carmín. Engañada por su férrea y vibrante envoltura, recuerdo tocarlas con inmensa dulzura; sin saber que al roce, los pétalos, de álgido rojo en su aterciopelado derroche, sucumbirían de fragilidad. Sorprendida de ver, donde mi tacto termina, a esa flor, antes estoica, ahora sometida y reducida a lágrimas de encarnado pesar. A mis ojos de niña asomaría entonces, pristina, la culpabilidad, por traer la noche a esa amapola roja. Ignoraba que su cáliz sangraría así, tan fácilmente, de forma tan tonta, tan anodina. Y, sin embargo, todavía remanece recóndito en mi mente, al pensar en la muerte, la imagen de las amapolas. Brillantes, álgidas, impetuosas; haciendo estoica guardia bajo un sol de fuego al otro lado del camino de la puerta que abre al cementerio. Como queriendo evitar que se escapen las almas que descansan dentro. Casi como si se mofaran en público acto de rebeldía, de seguir ahí otro día, cuando antaño, los férreos y orgullosos ciudadanos de ese pueblo de infinito llano, pasaban por su lado sin fijarse en ellas. Así que aún hoy las invoco. No con tristeza, sino con nostalgia. Imaginando que, tal vez, al triste momento de que alguien se vaya; haya una niña que, en la distancia, repare en las amapolas como yo lo hacía. Y sienta la sinrazón, la apabullante contradicción de enfrentarse con una flor tan eternamente frágil, pero tan bella y llena de vida, tras el absurdo de decir adiós a una persona querida.

CUENTO DE UNA NOCHE HACENDOSA

Una vez construí una casa de escaleras y a pequeña escala sobre la mesa de mi habitación en una noche estrellada. Los peldaños y la tabica eran blancas y las paredes de transparencia plástica. Así que de teatrera y bonita la maqueta, como una escultura se sabía ideada. La fachada estaba formada de ventanas cuadradas sin colores, que al redoble de los diferentes grosores del muro, tergiversaban su geometría. Y subiendo con diferentes tamaños en una espiral de cuidada algarabía, arremolinaban el suelo hacia el ático jugando con la luz en un salto cuántico. Haciendo cuidadosa la maqueta, con cariño y atención constante, a mi cuarto vino desde otro estante, una niña de pelo largo y ondulante. ¡Cuidado, te está mirando el de enfrente! Dijo con voz temerosa, la niña confidente. Miré hacia el otro lado desde mi ventana, desde donde curioso, el vecino me observaba. Supongo que, en una noche cualquiera, vio a una niña construir una quimera con tanto cuidado y amor al arte, que allende mi pequeño mundo, desde el suyo enfrente, tras la ventana; ese vecino indiscreto que se asomaba, ante la contingencia innegable de asustarme, no concibió alternativa distinta, que la de mirarme.

HISTORIA DE UNA MISA

Érase una vez una historia de un cuento que me voy a inventar. le pasó a una “amiga” lejana y yo, que soy maja, os lo voy a trasladar: Estaban tres mujeres en la iglesia con el salmo de fondo para escuchar “mi amiga”, la hermana y la madre sentadas en escalera bajo el altar. Hago un inciso, ya que estamos, para hablar de los bancos de madera que los clérigos en brillante idea idearon de este material infernal. Para quien no lo sepa todavía los bancos corridos de madera se hacen así para que el que no quiera ir a la iglesia, no se duerma en la misa. Y para que el que se quede dormido en los bancos de madera corridos se despierte tras la eucaristía con dolores equivalentes al averno por roncar, cual pecador, durante el sermo. Bueno, siguiendo con lo que os estaba diciendo: Ocurrió en el pueblo en la fiesta patronal, mientras el presumido cura que oficiaba la misa, leía inaugurando con intrépida premisa. La iglesia, para variar, estaba de gente hasta el alma porque, aunque el resto del año no acude ni el Tato para los que no tenéis pueblo, os arrojo el dato que el día de la fiesta, de ir nadie se escapa. Arramplan en masa las vecinas de la villa representando a cada familia con gran esmero. Y de esto se puede observar con ojo certero que, en el pueblo, o de mujeres está llena la demografía, o que los hombres para no ir a la eucaristía encuentran fácilmente cualquier excusa. Debe ser que, sin peajes ni dinero de monedero, tanto en la vida como en la partida ellos avanzan con sonora prerrogativa y alegremente suben directos hacia el cielo. Las dos hijas, divagando sin escuchar ni pío con semblante de todo menos divertido a pesar del intrínseco y maquiavélico mecanismo del estudiado funcionamiento del banco corrido; en auto preservación y deliberada consistencia, sin querer, pero queriendo, y sin alardear ni escondiendo, no se enteraban de la misa la media. Sin embargo, sintonizaron como de costumbre la antena de “qué pasa, algo parece que ocurre” a través de un sorpresivo suceso telepático, testado empíricamente y rigurosamente contrastado por las hermanas a través del tiempo y del espacio. Pero de comprensión científica todavía lejana, no habiendo alcanzado aún el entendimiento racional de semejante variopinto asunto, la raza humana. Explicados de las hijas sus poderes sobrenaturales, juntaron entonces, en mitad de la homilía no una ni dos neuronas (plurales), pues les sobraba a cada una con, de una entera, la mitad vacía (o como se dice con monotonía; media) para aterrizar desde su viaje astral a la iglesia cuando empezó a nombrar el constipado presbítero lo que parecía ser, de los santos, la enciclopedia. Y érase una vez una letanía, que se convirtió en comedia. Compartiendo ya las hijas una neurona completa, empezaron a escuchar al cura en su verborrea repitiendo una algarabía de infinitos nombres a cada cual más descuajaringados y deformes. Por poner en riguroso contexto, lo que allí se escuchó en reverberación entre las piedras y percutiendo eco, son algunos de estos nombres, por ejemplo: Atanasio, Ambrosio, Policarpo, Agustín, Hilario, Blandina, Bernabé, Garrido, Juana, Justino Crisóstomo, Altagracia, Caralampio, Cipriano Perpetua, Caridad, Ireneo, Felícita o Potino. Es decir, casi todos nombres que fácilmente podría tener tu vecino. Inmediatamente acudió la risa floja; surgiendo en la hija pequeña como una gota, evolucionando a río embravecido en la hermana y llegando a la madre convertida en cascada. Todo por retroalimentación al hacerles gracia en semejante escenario, la tremenda serenata. Y así, aguantándose las carcajadas, en medio de aquel jardín de practicantas, mientras el cura no dejaba de recitar santas; a nadie más parecía parecerle cómico el singular contenido en canto polifónico. Y en ese escenario inoportuno, ahora levantadas del banco del infortunio, las más cercanas al trío, asistentes a la misa, comenzaron a mirar de reojo a las que, sin querer, se partían de la risa. Y así, en esa misa estival y ambiente de fiesta en la brisa de repente se vieron en la guisa de una misa convertida en carnaval. A las hijas les daba más igual al parecer, de los demás, la mirada; pero la madre, ya sea por veterana o por ser de la imagen de la familia, la encargada, con una mano propinando a la mayor y con la otra, en mitad de la cara, se tapaba la risa y la vergüenza de ser la comidilla de la iglesia esa esperpéntica mañana. Sin embargo, mirando de soslayo al resto del conjunto de señoras levantadas rezando el sacro asunto, nadie se fijaba en el trío carcajeante que convulsionaba en silencio flagrante, porque en realidad, el panorama que traslucía y que el cura veía al levantar la vista de la lectura era: Un cuarto de las mujeres simulando interés en la charleta; otras, comprobando si su vestido conjuntaba con la chancleta; alguna embarazada, agobiada, apuntando ideas en su libreta; la más exigente, pasando la lista de asistencia y certificando la representación de cada familia por encima de sus gafas de montura de los sesenta. Un trío, que por alguna razón se escondía en esparavanes, pasando desapercibidas, aun deshaciéndose en desmanes, las impacientes, mirando la hora de soslayo, esperando para salir a comentar el último cotilleo del vecindario; otras, garabateando en el aire buscando a las amigas, para reunirse al vermut con las que se dieran por aludidas. Pero, sin duda y sin embargo, durante el momento de oración álgido, tras levantarse a la velocidad del relámpago exhalando de alivio en mitad del fragor del rosario; Tras el arduo trabajo de persistir sentadas, el jubileo de mujeres se encontraba, durmiendo por fin, en la gloria y al descanso, del grave tormento de la madera corrida del banco. Y ya llegando a la gente de bien que estaba situada en las primeras filas, siendo las que más lejos habían llegado en la vida, compusieron una imagen de decencia y de religiosa elegancia sin condescendencia; camuflando la imagen despistada y aleatoria y descachalandrada del resto de la sagrada sala, que se presentó en la iglesia sólo para dejar constancia. Para complacencia y alivio del resto de las mujeres y su desvergonzado teatrillo, en favor de la valiosa representación de cada familia, en el día de la tortuosa fiesta del pueblo que os contaba al principio.

LA LAGUNA SEMPITERNA

Solitaria, escondida en un rincón entre maizales, al final de un camino impreciso y ambiguo de piedras mojadas por lluvias artificiales. Laguna impresionista, caprichosa, hedonista. Algarabía inalcanzable tras la frondosa hierba, tras remolachas de azúcar, alubias blancas y trigales. Hechizada por viejas brujas, sólo la encuentran los venturosos que se desvían de las sendas convencionales. Y en esa premisa, sumergida en dicha y gozo; encendida, álgida, y apremiante, la curiosidad prendió el vuelo. Desde arriba se ven las zarzas, los pozos, las moras. Las piedras del camino, los maíces amarillos, las amapolas. El color de la luz que impregna la laguna y dibuja sus olas. Al lado, camino de bicicletas. Piedras resbalosas. Fuego de libélulas. El abuelo señala los patos, nosotras somos pequeñas. Reímos. Chapoteamos. Cantamos poemas. Armamos ramos blancos de flores de anís mientras damos volteretas. El abuelo adorado nos mira con cariño con esos ojos de colores infinitos bajo su visera. El campo es verde, las sombras se alargan, la luz amarillea. En la laguna salpican las golondrinas al volar como cometas. Se hace la noche, la laguna se condensa. El abuelo nos recoge y al salir cierra la puerta. De vuelta en casa, las bicis contra la acera. Los ramos de anís en el jarrón de la abuela. El abuelo sonriendo en la esquina y las niñas poniendo la mesa. Nunca desciframos el eterno secreto tras su sonrisa. La llave de la laguna se perdió un día embriagado de sol y suave brisa. Ya no pudimos encontrar el camino de vuelta a esa laguna infinita. Hoy su agua se ha secado. se apagaron las luciérnagas. No vuelan más las golondrinas. No hay flores de anís en la hierba. Ya no cantan los jilgueros ni se reflejan en el agua las estrellas. El camino se ha extinguido. El cielo se ha nublado. Ya no hay magia ni libélulas. No hay luces que alumbren más aquel camino de piedras.

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