EL REFLEJO DE LA PRIMAVERA
Arremolinado, sofocado;
el viento meneaba la melena.
Como una tristeza pasajera
que se lleva la belleza
de alguien sin nombre,
sin más testimonios
ni incertidumbre,
que el aliento que se queda.
Y hacia atrás en su rostro,
la quimera,
de lo que pensaba que sería el bosque,
tras la pena
de las hojas elevadas
hacia la nevada del invierno,
hacia el frío y el silencio
del remanso en la frontera.
Y del robo de su brillo,
desde lo alto
hasta el vacío
sólo queda;
en el oscuro de sus ojos,
el reflejo
de la primavera.
UNA TARDE EN LA COLINA
Arranca la hierba
con la mano.
Hilera fresca de dulce fragancia
bajo las puertas de un cielo
abierto e inaccesible,
como buen horizonte
inamovible
al que dirigir los pensamientos.
Pulsantes, dolientes, inexpertos,
se dan la mano al andar.
Y encadenados caminando
desde la mente hacia el espacio
van brotando,
sin trabajo,
como un tallo que despacio,
al calor de un día soleado;
desemboca en una flor.
LA NOCHE
La noche, como un vetusto sueño, me abreza y me rodea. Y, al conjuro de su abrigo, extática, me dejo acunar; permitiendo que su oscura envoltura me atrape y me diluya al abismo de su abrazo. Pues, entre sus manos frías, su aliento dulce y su regazo, siento que estoy a salvo de aquello que me asusta. En el culmen crepuscular del día, cuando todos los demás se resguardan y la ciudad se vacía, ahí es cuando me siento más llena y en sintonía. El mundo cambia un mundo de noche. Calles de luces, sin ruido, sin coches. Sin prisas, sin voces. Sólo se eleva mi aliento, caliente, entre el frío; entre el silencio y el vacío discordando en el ambiente. No hay furor ni hay lamentos, no hay emoción que sobresalga o que perturbe la calma, más que el almizcle del viento. Parece que no pesa el tiempo, que no importa nada, que todo respira. Será esta la razón por la que la noche me reconcilia. Pero cuando ella se cansa y al morir le releva el día, su claridad me duele, me enmudece el ruido, y me traga la vorágine de la prisa sin sentido. Así, para mantener la compostura, me visto de la sombra de lo que soy en la penumbra. Y bajo esa capa encubridora sobrevivo a esa luz, punzante y cegadora, hasta que al ocaso, vuelve a despertar el genio innato, pues al éxtasis de la noche, la sombra ya no le hace falta, Y sin miedos ni trabas, la autenticidad vuelve y me rescata.
