AL PAPEL VACÍO
Al papel vacío le escribo para que me dé fuerza. Para que me enaltezca con esperanza entre tan poca certeza. Le rezo a la imaginación; que es mi mayor bendición y más enraizada tortura. Enredada en sus delirios, me voy despellejando en los bordes de la locura. Me hace soñar utopías, cuentos desquebrajados, galimatías. Disparates embotellados en lo más negro de mi mente, en lo más alto del más precipitado incidente del que resbalo hacia un horizonte fracturado que me engulle y me corrompe, creyendo que alcanzaré una quimera. Y, al momento de gracia, la certeza: cuando más asciendo, la oscuridad más acecha. Y en ese salto infinito, donde el delirio aprieta, ante el tropiezo al vacío, mi mente se despierta.
EL FONDO DEL VASO
Me embriago a la luz de la luna, verde y redonda como una aceituna que brilla en el fondo del vaso. Hipnotizada, tomé el trago del licor que baja quemando mi garganta como un veneno; por querer alcanzar ese diamante en bruto, que, en el buceo, por más que intento raspar el líquido, en la cúspide del momento preciso; al perder el aliento, me ahogo, y no alcanzo a llegar al fruto.
EL ESPEJO
Soñé que no me encontraba y en mi reflejo en la pared sólo vislumbré una sombra que me miraba. Satinada, efímera. Embrujada. Le pregunto que qui én es, que qué hace en mi casa. Ella no dice nada. Observa extrañada el brillo en mis ojos, mi pelo revuelto, mi tez clara. En el espejo ilusorio aquella mañana, esa figura desnuda, que a su vez me desnudaba; con un gesto ligero, hombros al cielo, tez ladeada, me hace entender que no es ella la desubicada. La sombra sí sabe quién es y al revés, apiadada, me pregunta que quién soy yo, que por qué la miro así, con ojos tristes, desde su ventana.
MI IDENTIDAD
Hace tiempo me alisté en una banda, para buscar a una niña perdida concienzudamente escondida en los confines de mi pensamiento. Sabiendo que volvería a por ella, la niña, con convencimiento certero, entre la monotonía añil de la vida coloreó los rastros de su paradero. Ignorando el dolor de dejarla, por un camino marcado partí a la luz del alba. Pero al mediodía, pese al suave calor de enero, bajo mi paraguas, arreció en dura inclemencia, el aguacero. Cruzado el borde de inflexión, me agaché en acto de defensa, y el viento me susurró al oído ‘no te rindas, despierta, la niña te está esperando, ve hacia los campos amarillos hacia las amapolas, camina.’ Y tras la ceguera, al sentir la brisa pintando el mar con los maíces, Descubrí el vacío en el paisaje. Allí, entre las llanuras infinitas, hundí un valle.
MI JAULA
La memoria me angosta. Escarba en mi realidad. Esas personas de hace tiempo, que desaparecieron como el otoño tras el viento; por qué arraigaron con tanto ahínco en mis pensamientos, que aún escarban en mi cabeza como raíces de metal, un cuento maldito, un relato irreal, visiones de humo negro sin principio ni final. Quiero cerrar la puerta a esos recuerdos que me anclan en la nada. Que se me enredan y me tienen atrapada en una verdad que no existe. Y que me aprieta. Y aunque quiero desvestirme, me avergüenza mi cuerpo desnudo. Me pesa el escrutinio de los que sentencian sin ahondar. En la apatía me reflejé y su persuasión me entretuvo, Alejando la salida justo cuando la iba a rozar.
AQUEL PERPETUO CAMINO RECTO
Por un camino kilométrico de horizonte hilvanado, caminaba entre el silencio hacia el ocaso rosado. Vibran los campos amarillos entre la dulce remolacha, la brisa eleva a capricho el olor del anís entre las zarzas. Me acompaña un pensamiento y a mi lado, un hilillo de agua. Allí, las libélulas alzan el vuelo queriendo captar mi mirada. Por ese camino que requiere casi un siglo en poderse atravesar, ya he pasado tantas veces, que cien años ha dejé de contar. Sin embargo, nunca me adentré en su invierno. Desconozco su crueldad al helar. En mis recuerdos, esa llanura larga que es hogar, en un invierno frío, ¿Me disipará el camino, o su mano blanca me sostendrá?
SIN SENTIDO A LAS 3:45AM
Confabulan lo mundano y lo cercano. Grieta en la herida, horizonte hilvanado. Sátira de la vida, blanca mentira, vuelo mutilado. Libélula a lo lejos, reflexión de ciegos, autorretrato. Cuento viejo, germen confeso, mal de tantos.
EL VALLE
Con frecuencia me imagino en un valle de amapolas rojas y altas farolas y bancos corridos donde sentarse. Y allí, al amparo de la sombra, en el camino, voy leyendo a ratos si, a ratos no, un libro; mientras me distraigo viendo la gente pasar. Me pregunto hacia dónde van y de dónde vienen. Pues parece que se mueven sabiendo dónde quieren terminar. Y en esa sensación desconocida, cavilando, con la mirada prendida en esas personas reiterativas; intento imaginar lo que sería sentir tener un motivo o un fin que me impulse en la vida. Por ahora me contento con resguardarme muy adentro, saliendo a tropiezos del estivo para fluir con las olas amarillas que genera el viento en el trigo, hacia el horizonte de purpurinas de pétalos de vibrante amapola y perlas de rocío. No entiendo a los que caminan sin reconocer lo que yo percibo. Y, aun así, los envidio; pueden avanzar sin preguntas, sin saber las respuestas. Sin esculpir el vacío. ¿Cómo es posible moverse si no arde el espíritu? Me pregunto, si en este valle de horizonte infinito, hay alguna sombra o resquicio para aquellos que necesitamos cuestionar las pisadas o tomar un respiro. Durante mi aislada espera, en esta enfermiza carrera donde nadie se gira ni espera y la norma es hacer enemigos; me preocupa quedarme rezagada y sentirme abandonada y en la estacada, mientras todos avanzan con sigilo. En mi sombra observo el valle para evitar entrar en delirios. No tengo con quién conversar, ni a quién preguntarle cuál es la prisa. O cuál es la premisa; la idea que enciende la llama para avanzar con honestidad. En mi valle, bajo el haz de una farola que alumbra sombra en el paraje, pienso en el azar y en el coraje. El coraje que no tuve para llevar mi sueño adelante, y el azar que esperó a un mal momento para llevarse con él la oportunidad. Y tras ese norte perdido, la elección de otro parecido, parecía lo más ideal. Sin embargo, aquel camino marcado; antes liso, ahora empedrado, se ha ido convirtiendo en un infierno escarpado del que sólo existe una opción: escapar. Y así, con frecuencia, me imagino en un valle de amapolas rojas y altas farolas y bancos corridos donde sentarse. Y sentada en la sombra, en el camino, escribiendo a ratos poemas en un libro; cojo fuerzas para enfrentar la oscuridad y hacia la luz incipiente, con un nuevo incentivo volveré a caminar, aunque no tenga claro mi objetivo, más allá de volver a reconocer la llanura en mi realidad.
