EL PASO DEL TIEMPO
Arremolinado, sofocado;
el viento meneaba la melena.
Como una tristeza pasajera
que se lleva la belleza
de alguien sin nombre,
sin más testimonios
ni incertidumbre,
que el aliento que se queda.
Y hacia atrás en su rostro,
la quimera,
de lo que pensaba que sería el bosque,
tras la pena
de las hojas elevadas
hacia la nevada del invierno,
hacia el frío y el silencio
del remanso en la frontera.
Y del robo de su brillo,
desde lo alto
hasta el vacío
sólo queda;
en el oscuro de sus ojos,
el reflejo
de la primavera.
MANTIS
Mantis en la hierba.
Esbelta y fastuosa,
aparentemente frágil,
pero abyecta.
Monstruo de un mundo diminuto
pero de enorme crueldad
y difícil supervivencia.
¿Será que los animalillos
son malos por naturaleza?
¿O es la naturaleza,
que es mala hasta la médula
y dura como ninguna otra;
la que confabula
y diseña
a sus criaturas
como monstruos escondidos
bajo embaucadora apariencia?
Pobre mantis en la hierba.
Diminuta cosita de ser vivo.
¿Será que es mala por vocación
o por trascendental exigencia?
LA CARGA DE LA LLUVIA
La lluvia alcanza mi mente
distraída.
A borbotones, inconsciente
irreparable,
el redoble en la ventana.
Murmullo continuista
Irrazonable, inconformista.
Lluvia fina
combatiendo el carbono
del dióxido que destila
la carretera
abrupta y perdida,
donde perdimos el eco
en la cumbre
de una mañana fría.
LA NOCHE
La noche, como un vetusto sueño, me abreza y me rodea. Y, al conjuro de su abrigo, extática, me dejo acunar, permitiendo que su oscura envoltura me atrape y me diluya al redil de su abrazo. Pues, entre sus manos frías, su aliento dulce y su regazo, siento que estoy a salvo de todo lo que me asusta. En el culmen crepuscular del día, cuando todos los demás se resguardan y la ciudad se vacía, ahí es cuando me siento más llena y en sintonía. El mundo cambia un mundo de noche. Calles de luces, sin ruido, sin coches. Sin prisas, sin voces. No hay gente. Sólo se eleva mi aliento, caliente, entre el frío; entre el silencio y el vacío discordando en el ambiente. No hay furor ni hay lamentos, no hay emoción que sobresalga o que perturbe la calma, más que el almizcle del viento. Parece que no pesa el tiempo, que no importa nada, que nada termina. Será esta la razón por la que la noche me reconcilia. Su hondura me libera, me siento suntuosa, más auténtica y me colma de vida. Pero cuando irrumpe, de nuevo la luz de un nuevo día, los rayos de sol me amedrentan, el ruido me fatiga y me exaspera la velocidad. Así que, para sobrevivir, me visto de una réplica apocada de lo que soy en la penumbra, cuando nadie me ve ni me delata. Pues la claridad me abruma y me ahoga mostrar mis fallas, aunque, al hacerlo, también encubra mis virtudes y mis ventajas, aquello que me define y lo que me ensalza.
LA REALIDAD
I - El yo Hoy; al andar por la calle, entre el frío del invierno, entre la gente y el silencio, me siento rara. Como si no encajara y ni me importara ser parte del mundo. Como si nadie me viera ni yo quisiera que me miraran. En este mundo en el que hay tanto barullo y siempre voy con música encendida para alegrar en mis pupilas lo que siento tan atonal; y silenciar el atruendo de todo este concierto de ruido, que no sé si sólo yo no entiendo, o verdaderamente no tiene sentido. Vivo de mi mente y de mi imaginación. Porque la realidad no me convence, me entristece, y repele mi atención. II - Ahondo, mirando hacia arriba. Aun así, cuando me entero de todo lo que pasa alrededor, Incluso con la hipocresía que cargo en mi espalda como una cáscara de protección; me apena que a nadie le importe el dolor de la gente al otro lado del mar. O al otro lado de la calle. Y es que están tan lejos, o tan cerca, pero igual, tan lejos; que queremos pensar, que cómo íbamos o podríamos ayudar. Nos incomoda ver la sangre resbalar tras la pantalla. Nos asusta el desconsuelo que derraman sus lágrimas. El dolor de esa gente que sin querer tuvo la suerte, de nacer y crecer en un ambiente o un país, o una realidad diferente. Y eso es lo único que hizo mal. III – La desconexión Así que con el botón de apagado y al pasar de largo por su lado al caminar; difuminamos también de la mente y del pecho la ansiedad. Y rápidamente, sorbiendo un descafeinado, viendo una peli mala de una tarde de sábado; al calor de una manta, y bajo un tejado, nos desentendemos del dolor ajeno como si lo hubiéramos imaginado. ¿Es así el ser humano? Cuando algo nos afecta, nos importa y cuando no, ¿Ni nos acordamos? La verdad es que es fácil creer que estamos desamparados. Que nada podemos hacer para limpiar la suciedad de este mundo terrible, injusto y envenenado. Y es que sabiendo, o aún sin saber; intuyendo, todo lo que está tan mal, y podrido en la sociedad; miramos hacia otro lado por desilusión e incomodidad. IV – La orquesta Yo me pregunto: en esta vida, ¿Será verdad? que en la jerarquía escalonada que dibuja la estructura social sólo tiene poder el que ha subido más. Y desde mi posición en esta orquesta bruta de batuta astuta, sin duelo ni concierto; mientras miro con recelo al director, me pregunto; si realmente es el director quien dirige el ruido; o si el ruido lo hacemos los instrumentistas por no entender a la batuta en su dirección. Puede que al director no le importe si suena la música. ¿Será que es una argucia, una fachada que enmascara a otros directores, que dirigen escondidos en la negrura, y en la altura y por detrás? VI – La corrupción de la altura Es posible lo que dicen, que, al final, cuanto más se asciende, más lejos se sienten los que quedaron atrás: aquellos que no quisieron, o no tuvieron la oportunidad, de seguir subiendo. Así que, si una vez hubo una intención de querer cambiar algo, al llegar a lo alto, lo que queda debajo se va nublando y deja de importar. La nueva realidad se transforma en corrupción, en indiferencia y desconexión, y la codicia toma las riendas. Con tal de mantener el poder, importa sólo el no ceder y machacar para seguir subiendo. Probablemente, desde el último escalón mirando hacia el primero; sólo se perciban como hormigas ínfimas, ignorantes, e ignoradas, lo que una vez se consideraron vidas humanas. Sin embargo, ahora, dentro de la pupila del que mira desde arriba, aparecen sin rostro y deshumanizadas. VII – Volver Y desde esa pupila, hacia la mía, al contacto; en un relámpago súbito y áspero cuando miraba desde abajo; sin piedad ni cortesía, me atraviesa y me acuchilla, para arrancarme del delirio en mitad de la calle Gran Vía. Allí, al despertar antes de ahogarme, intento desvanecer ese pensamiento pero con su reminiscencia infame. Bajo entonces la vista hacia el suelo, para enfrentarme de nuevo con el frío del invierno. A mi alrededor, peatones luchando contra el viento. Cuando noto que espabilo, y antes de que la desesperanza vuelva a arrastrarme consigo; como recurso manido y ampliamente conocido por todos los que pensamos de más: subo el volumen de la música para poder volver a caminar y sumergirme en mi mente para alejar el sufrimiento que enreda mi subconsciente al mirar la realidad.
LA MIRILLA
Oigo el mar quebrando al mirar por la mirilla. En esa habitación vacía, no llega luz. Se rompió el agua. Se fue la vida. Ese mar que oleaba sal fina en las heridas; ya no hace daño, ya no molesta. Ya no acaricia. Tampoco susurra, Ni acuna el tiempo, Ya no lo hechiza. Los que pasan, miran de reojo por la mirilla maldita. La indiferencia es ingrávida, lenta, sórdida, engreída. No tiene pena, ni tiene calor, está vacía. Tan angosto es el escrutinio como el pozo de la caída. Nadie ha comprado flores que acompañen la herida. En esa habitación, antes tan celebrada y querida, El mar se ha roto, se ha hundido el cielo y el suelo se acurruca en remolinos de brisa fría. No me dejo de preguntar si quebró con el mar la empatía. Ya no hay olas que enmudezcan La epicaricática injuria. En esa habitación oscura, una persona observa, rítmica y mortecina, el parpadeo de la luz tras la mirilla. Un haz que pestañea hacia el lado que brilla, cuando los que pasan a mirar de reojo por la abertura maldita, quedan ciegos al tapar con su ojo, de la luz, la única salida. Y esa alma anónima varada en la orilla, consciente de la fila de husmeadores que ni sienten ni auxilian, elige imaginar un faro de aquella luz que brilla. Mas no queda ya mar, ni olas que la reciban. Aquella persona naufragó sola, huérfana y desvalida. Sus ojos aguados de lágrimas de sal fina.
UN CAMPO DE CRISANTEMOS
Un campo de crisantemos a la orilla del mar muerto. Símbolo de eternidad sarcástica, iracunda. Desvencijada ironía del valor de la tierra ante la vida. Se concentran en un espacio diminuto, frecuentemente olvidado por el mundo, las luchas de poder de unas pocas pero letales mentes; psicopáticas y dementes, que, aunque no estén nunca al frente, en la retaguardia se alimentan. Y crean de la lucha, una treta, que emponzoña y que envenena; y donde todo vale, porque enarbolan una bandera, o un cántico, o una idea. Y es en ese trozo de tela y en sus ideales egoístas, donde justifican su violencia y sus imposiciones moralistas, sin importar el daño ni la dirección del cañón, ni la bala atravesando de lado al lado el corazón. El corazón de un niño, al que nada le importaba esa guerra. Ni esa vanagloriada idea, ni la bandera que enarbole. Porque sólo soñaba con ser mayor dejando atrás la tristeza y el dolor de haber nacido en una nación apestada de radicales, cuya única intención es generar enfrentamiento y conflictos por religión; por pensamientos desfasados, tan arraigados como cobardes. Les pesa más una tierra que fue vetusta prometida bajo premisas más amables. En aquel entonces se trataba de rescatar a un pueblo esclavo, cansado de luchar y vulnerable. Sin embargo, ahora, milenios más tarde, las víctimas se convierten en victimarios, y ese dolor que rezan las escrituras, sufrieron antaño; las infringen hoy entre excusas absurdas, hacia sus vecinos cercanos. Qué pasa con la historia que cuando el tiempo pasa arrasa con la memoria. Qué pasa con los humanos, que siempre nos vanagloriamos de ser superiores, pero en cuando el viento cambia, dejamos atrás las enseñanzas de nuestros antecesores. Siempre hemos vivido para ser amos y señores. Hemos dejado atrás la humanidad. De proclamarla ya no somos merecedores. Aquellos que plantaron años ha, en los albores, el campo de crisantemos, lloran lágrimas de decepción al ver teñirse de bermejo los pétalos del níveo campo a orillas del mar muerto.
